Mi niño se
burla de todos mis sistemas de seguridad, especialmente de los cierres
magnéticos para bloquear armarios, revienta los
topes adhesivos del cajón de las galletas o se rebota contra la
gomaespuma que evita el cierre de las puertas. Así, es fácil encontrarse todos los tampones marca blanca esparcidos por el pasillo o los kleenex dentro de la lavadora, cosa que resulta especialmente divertida cuando lo descubres después de haber hecho la colada.
Mi niño descorre la cortina de la ducha mientras me enjabono, me mira y se descojona.
Mi niño no me
deja ni mear tranquila, se sube en la báscula, me pellizca las piernas y
me lanza el rollo de papel higiénico a las quimbambas.
Otras veces es un bichillo precioso que encierra todas las cataratas famosas del mundo en la mirada, se acuerda de repente de que me quiere, me necesita y no puede vivir sin mí ni sin mis canciones horteras
para echar la siesta, y en esos momentos me digo que no puedo fallar, ni
hacerme la moderna, que aquí es cuando a una le afloran los instintos maternales que van saltando de mujer a mujer desde que el mundo es mundo.
Mi niño es un crack (ya sé que está mal que yo lo diga) y consume sin piedad y sin previa anestesia todas mis fuerzas. La cosa es que el cuerpo aguanta. Eso es lo malo, que aguanta (esta última frase... no es mía), y siempre que me acuerdo le doy las gracias a Eladio y a sus seres queridos por acordarse de algo que la gran parte de la humanidad ignora, que las madres hacemos equilibrismos sobre la cuerda floja de la vida, y que a veces, estamos cansadas.
Pues, estás bendita...
ResponderEliminarBesos.